¿Sabe tu hijo que lo amas si tiene éxito o no?
En el contexto educativo, la presión por el éxito académico se refleja con fuerza en las high achieving schools (HAS), es decir, escuelas de alto rendimiento académico que obtienen consistentemente altos resultados en exámenes estandarizados, ofrecen múltiples opciones académicas y preparan a sus estudiantes para ingresar a las mejores universidades.
A simple vista, suena ideal.
Que tu hijo estudie en una de las mejores instituciones para que no fracase, para que sea siempre el mejor.
Sin embargo, escuchando una entrevista a Jennifer Breheny Wallace sobre su libro Never Enough, fue cuando conocí el término HAS y, sobre todo, la conversación alrededor de la presión excesiva por el éxito en los adolescentes.
En esa entrevista, Jennifer hablaba de algo que muchas veces la sociedad no quiere mirar de frente:
los adolescentes que crecen en contextos de alto rendimiento presentan niveles de afectación emocional similares a los de jóvenes que viven en contextos de pobreza.
De hecho, la psicóloga Suniya Luthar, en los años 90, estudió escuelas HAS —instituciones de clase media donde el rendimiento define el estilo de vida— y encontró algo alarmante:
los niveles de ansiedad, depresión y consumo de sustancias, como drogas y alcohol, eran entre 2 y 7 veces mayores que el promedio nacional.
Entonces, ¿por qué pasa esto?
Hoy tenemos una generación de padres millennials y de la generación X atravesando un cambio económico profundo. Antes, la vida era más accesible: alimentos, vivienda y transporte.
En cambio, vivimos en un mundo globalizado y altamente competitivo, tanto en lo laboral como en lo social. Por eso, es natural que aparezcan preguntas difíciles:
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¿Tendrá oportunidades mi hijo?
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¿Habrá trabajo para él?
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¿Lo que estudie le permitirá vivir bien?
Además, cuando creemos que esas preguntas ya son suficientes, entra en escena la inteligencia artificial.
Entonces surgen nuevas inquietudes:
¿Podrá competir con herramientas de IA?
¿Y si la profesión que elige hoy desaparece en cinco años?
¿Y si se queda sin trabajo, pero con deudas?
Uff.
Nuestra mente como padres puede irse muy lejos.
En el fondo, todo parte del mismo lugar: queremos verlos bien.
Jennifer Wallace comparte en otra entrevista un dato revelador:
el 75 % de los padres cree que el rendimiento académico de sus hijos es su responsabilidad.
Al mismo tiempo, el 83 % siente que otros padres los están observando constantemente, evaluando si están “haciendo lo suficiente”.
Esta presión no suele ser intencional.
En realidad, es humana.
Muchas veces nace del miedo.
En el fondo, es amor mal canalizado.
Pero la pregunta importante es otra:
¿tiene esto un efecto en nuestros hijos?
En esa misma conversación, Jennifer menciona una encuesta realizada a 500 jóvenes adultos.
Más del 50 % afirmó sentir que sus padres los aman más cuando tienen éxito.
Esa frase, para mí, fue muy fuerte.
Y si a ti también te produjo un nudo en el estómago, probablemente te preguntaste lo mismo:
¿y si mi hijo también piensa eso?
Por eso, hoy estamos aquí.
Para cambiar ese pensamiento.
El antídoto: sentirse importante (mattering)
En su libro, Jennifer introduce un concepto clave: mattering, es decir, sentirse importante, visto y valorado. Ella lo plantea como el antídoto a la llamada “cultura tóxica del rendimiento”.
Esta presión por el éxito académico no suele ser intencional, pero sí constante, y termina filtrándose en la vida emocional de los hijos.
Importar implica sentirse:
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escuchado,
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valorado,
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necesario,
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apreciado.
No por notas, premios o logros externos, sino por su existencia.
De hecho, los adolescentes que perciben este tipo de vínculo emocional incondicional:
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resisten mejor la presión,
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presentan menos ansiedad y depresión,
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y, paradójicamente, también rinden mejor cuando saben que su valor no está en juego.
Hay una escena muy común.
Llega la boleta de calificaciones.
Un 2/10 en matemáticas.
Un casi 11/10 en redacción.
Nuestro pensamiento inmediato suele ser:
“Necesita un profesor de matemáticas. Se puede quedar de año.”
Y lo repito: es normal.
Ningún padre quiere ver a su hijo dando un examen de gracia.
Sin embargo, aquí viene algo interesante.
Renninger y Hidi (2016) concluyen que el interés impulsa el aprendizaje. Cuando un niño explora aquello que realmente le atrae, no solo aprende más, sino que también activa redes cerebrales clave. Estas redes fortalecen la concentración, la regulación emocional y la capacidad de sostener esfuerzos, incluso en actividades que no resultan tan atractivas.
Increíble, ¿verdad?
Aun así, da miedo cambiar patrones de crianza que llevamos grabados en la cabeza.
Pero de eso se trata ser padres: mejorar nosotros para que ellos puedan mejorar.
Y, sobre todo, ayudarles a amarse a sí mismos y a lo que hacen.
Una práctica sencilla que puede marcar la diferencia
Esta propuesta se basa en los cuatro pilares que plantea Jennifer Wallace:
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Atención: escucharlos de verdad.
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Importancia: decirles, aunque parezca obvio, “eres valioso”.
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Dependencia: confiar en ellos más allá de los resultados.
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Agradecimiento: valorar lo que aportan como personas.
Como en la metáfora del billete arrugado:
aunque pase por pruebas, errores o fracasos, su valor no disminuye.
El éxito escolar no puede seguir siendo sinónimo de sufrimiento invisible.
No si queremos formar personas completas y no solo expedientes perfectos.
Cuando la presión por el éxito académico se vuelve el centro del vínculo, el riesgo no es solo el rendimiento, sino el bienestar emocional de los adolescentes.
Todo empieza en lo cotidiano:
en lo que decimos,
pero sobre todo, en cómo miramos a nuestros hijos.
